@emmagutierrezca

Érase una vez

Érase una vez una pesadilla que amenazaba con hacerse realidad. Un día más en el estadio, unas caras largas, una historia que parece tener un fin espantoso, una Liga que comenzó mal y no tiene pinta de acabar mejor. Érase una vez un equipo que no ilusionaba, que cada domingo ponía decepciones en los rostros de unos 7.000 chicharreros. Érase una vez mi Tenerifito, un club que cae, decae, y no parece hacer nada por remontar.

Foto: EFE

Duele pensarlo, duele decirlo y perfora las sienes escribirlo. Y es que, hubo un día en el que ir al Heliodoro era sinónimo de buen rato, aunque no viniera en todas las ocasiones acompañado de resultados favorables. Hace un tiempo, mi equipo, el que el domingo pasado se arrastró en Santander y hoy no fue capaz de ganar a 10 en el Heliodoro, era un escape para el aficionado.

El opio del pueblo que decían algunos. Al menos, recuerdo yo, no provocaba tantas malas caras ni enfados familiares. Porque sí, estoy segura de que más de uno volvía esta noche a casa de morros, porque la segunda B está cerca y la sensación es que nadie va a hacer nada para remediarlo.

Dos horas después de que las luces del Heliodoro se hayan apagado, la oscuridad y las tinieblas se cuelan en los sueños de los más de 8.000 valientes que ocuparon hoy las gradas. Valientes porque pagar para ver a este Tenerife es un acto de coraje, valientes porque con este horario, lo cómodo era acurrucarse ante los comentarios lúcidos de Pier en la Televisión Canaria y ver como el Tenerife corría sin sentido y veía la portería como algo microscópico.

La luz al final del tunel está en la Nova Creu Alta, pero el interruptor parece roto. A día de hoy los cables están tan cruzados que solo un milagro puede iluminar el futuro de un Tenerife que no encuentra ni juego, ni ganas, ni, sobre todo, goles. Lo bueno, o no, es que será en pocos días, lo que permitirá que surja un atisbo de emoción o, definitivamente, se hunda el barco.

De nada sirven las lamentaciones, las quejas Agné-Cervera, el recordarnos que hay cara duras que, tras un trabajo lamentable en la dirección deportiva, siguen y seguirán al frente del equipo que mueve los hilos de los sentimientos de mucha gente. Lamentarse hoy, no vale.

Vale luchar sin recordar que tan solo Rubén Castro en el Betis ha marcado los mismos goles que todos los nuestros juntos. Vale pelear por un escudo que en su día dio muchas alegrías. Vale morir por aquel que, estando en paro, hizo un esfuerzo en agosto por cumplir 30 temporadas en la grada animando al blanco y azul de su vida.

Érase una vez un equipo que lo más dulce que te daba en 90 minutos era una tableta de chocolate en la entrada. Un día en el que solo marcabas si te pitaban penalties. Érase una vez una historia de la que los chichas no estamos seguros de querer conocer su fin.

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