@emmagutierrezca

Mil razones para sonreír.

La sonrisa debería ser obligatoria. Que no faltara nunca. Que se sobrepusiera a cualquier situación y siempre tuviéramos la fuerza suficiente para dibujarla en nuestra cara. Que nos la pudiéramos tatuar, igual que hacemos con dibujos insignificantes, o ponérnosla como hacemos con la ropa todos los días.
Tristemente, hay situaciones que superan las circunstancias y se borra, hasta ahí, llegamos todos. Pero, ¿recuerdan esa frase que dice «El problema no es el problema sino lo actitud que tomas ante él? ¿Son conscientes de todas las cosas que pueden dibujar la curva de la felicidad en ese espacio entre la nariz y la barbilla?
La semana pasada se celebraba el Día de la Infancia y a mí me hizo reflexionar: mi sonrisa está directamente relacionada con un mocoso que, cuantas más maldades hace, más me gana. Pero no es lo único. 
Sonreímos al ver a quien tenemos lejos, cuando conseguimos abrazar a esa persona que llevas semanas, o incluso meses sin poder mirar a los ojos. Sonreímos con la victoria in extremis de nuestro equipo. También al recordar momentos felices, aunque ahora sean simplemente eso, recuerdos, acontecimientos del pasado que quién sabe si volverán.
Enseñamos los dientes, de buena manera, cuando nuestra abuela enferma empieza a mostrar algún síntoma de recuperación, cuando tus amigos deciden casarse y al ser informados de que alguien muy querido va a ser papá. Al encontrar trabajo, en esta época en la que es una misión casi imposible, al recibir un ‘Me gusta’ en Facebook que esa persona que te quita el sueño.
Lo hacemos al volver a casa, oír el ruido del mar, y oler la comida de esa madre que no sale de la cocina. Cuando recibes una llamada inesperada, cuando consigues una de esas metas que, aunque al de al lado le parezcan insignificantes, para ti es como escalar el Everest.
Atravesamos una época en la que las razones para llorar o estar de mal humor son incontables. Pero eso no arregla nada. No se solucionan nuestros problemas con malas caras, tampoco cobramos más a fin de mes si nos quejamos 15 horas al día.
La sonrisa de cada uno tiene un precio, cuesta algo que no siempre se puede pagar con dinero. Pero para hacer frente a ese ‘coste’  tenemos miles de razones, y parece que las estamos olvidando. Tengámoslas presentes.
Feliz semana y… ¡barra libre de sonrisas!

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